La piel de la tierra
Curaduría:
Nelly Peñaranda @nelpenara
Artistas
Ana Milena Gómez @gomez_anamilena
Adriana Ramírez @adriana.ramirez.artista
Diego Díaz @diegodiaz.com.co
Martha Rivas @marthaprivasb
Oscar Villalobos @oscarvillalobosf
La corteza, la fibra, la piel animal, la lana, la piedra y el tejido pertenecen a mundos materiales distintos, aun cuando comparten una condición: son superficies que guardan rastros de su formación. Pliegues, vetas, estratos, texturas y tramas hacen presentes fragmentos de las fuerzas, los tiempos y los acontecimientos que las han constituido.
El material deja de ser una exterioridad neutra, un simple vehículo de la imagen, participa activamente en la construcción del significado. Es el lugar donde una materia narra su contacto con el mundo, donde algo de aquello que la ha formado permanece. En lugar de desaparecer detrás de la representación, la materia reclama su presencia y se convierte en parte activa de la experiencia y de la construcción de sentido.
Pensar la piel como esa capa externa implica desplazarla de su lugar habitual como límite de las cosas. Permitir que sobrepase su condición de proteger o contener para ser lugar de exposición y registro, huella y tránsito; una suerte de borde y testimonio en permanente relación con lo que la rodea. La piel deja así de ser solamente una superficie que separa, se convierte en una superficie que pone en relación, abriendo nuevas posibilidades para ser habitada; alterada.
Lo visible posee un espesor propio y lo que no vemos permanece entrelazado con lo que vemos. Desde esta perspectiva, la superficie puede entenderse como un lugar de relaciones: no lo que termina una cosa, sino aquello en lo que algo de su formación, de su devenir y de su relación con el mundo puede hacerse sensible.
Las obras que integran esta muestra se sitúan en ese espacio donde permanecer y transformarse no son movimientos opuestos. Plantean formas de pensar lo que permanece activo en el cambio. Transformar no significa abandonar algo que fue; puede ser, precisamente, una manera de permanencia que solo es posible tras el cambio; bajo otra forma. Pliegues como estratos, fibras como crecimiento, tramas como expansión, pieles como testimonios, tejidos como entrelazamiento, piedras como duración. No son equivalencias ni símbolos cerrados, sino formas que abren asociaciones y permiten que una materia exceda su propia procedencia.
En ese sentido, la piel puede sostener un paisaje sin desaparecer detrás de él; el lienzo puede hacer visible su propia condición; una estructura puede adquirir la presencia de un cuerpo; una fibra puede ser simultáneamente materia, trama y lenguaje. No se trata de convertir los materiales en protagonistas ni de exaltar sus cualidades físicas, sino de reconocer que sus propiedades, resistencias, rastros y posibilidades, intervienen en lo que la obra puede producir.
La superficie se aleja así de ser el límite exterior de las cosas y se convierte en el lugar donde el tiempo permanece inscrito, donde la formación continúa haciéndose visible y donde los materiales, entendidos como procesos abiertos y atravesados por fuerzas y movimientos, conservan la capacidad de desplazarse hacia otras formas de encuentro y significación. La piel de la tierra propone pensar ese lugar de tránsito entre lo que permanece y lo que cambia: una superficie donde la materia no abandona aquello que la constituye, pero tampoco queda confinada a ello.



18 al 27 de Septiembre


